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Cain y Abel
 

                                                                                                                                                                     Eduardo Szazi

 

Las democracias contemporáneas se han formado de acuerdo con la trinidad concebida por Montesquieu en 1748, que puso en las manos de los representantes de la sociedad, reunidos en el parlamento, el poder de pasar las leyes que regularían la vida de todos y limitarían el poder del jefe del ejecutivo. Así, según el modelo, el pueblo seria libre, pues los gobiernos serian del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como nos ha recordado Lincoln en el ‘Gettysburg Address’ en 1863. La realidad, todavía, se puso más compleja. El ejecutivo logró mantenerse el principal poder de la trinidad y, por qué no decirlo, ha domesticado el parlamento, que, casi de manera universal, ha perdido su capacidad de definir su propia pauta de materias y votaciones, transformándose de ‘watch dog’ del ejecutivo en un leal y amistoso ‘working dog’.

Si el parlamento se enflaqueció, la sociedad, en general, y grupos de ciudadanos, en particular, se pusieron a trabajar otras formas de expresar sus ideas y aspiraciones, principalmente después que la Carta de la ONU (art. 71) dispuso que organizaciones no gubernamentales también tenían derecho de ser consultadas en materias de competencia del Consejo Económico y Social. Al hacerlo, la Carta afirmó que la esfera pública era mayor que la gubernamental y, al valorar el principio de la autodeterminación de los pueblos y acuñar la expresión ONG, amplió el concepto y la forma de ejercitar la democracia.

Hijas de nuestro tiempo, las ONGs quieren cambiar el mundo. Sus ideas atraen apoyo político y financiero de parcelas de la población de varios países y sus mensajes inspiradoras conquistan las mentes y corazones de jóvenes ávidos por un mundo distinto. Sus líderes tienen grande carisma y, por no almejar lucro personal ni cargos en el gobierno, logran aparente legitimidad para presionar gobiernos a cambiar sus políticas públicas internas y a gestionar junto a otros gobiernos a también hacerlo. Voluntariamente organizadas, actúan en redes informales y cambiantes conforme la necesidad. No tienen gran preocupación con institucionalidad o jerarquía y dan mucha autonomía a sus miembros, pues tienen foco en el resultado: hacer el mundo de acuerdo con su mirada.

Yo creo que muchos dirán que la descripción del párrafo anterior corresponde con razonable precisión o que es una ONG. Todavía, estoy seguro que quedarán estupefactos con el resultado alcanzado si remplazaren ‘ONGs’ por ‘grupos terroristas’.

Así como Caín y Abel eran hijos de la misma madre, ONGs y grupos terroristas son hijos de la sociedad civil, más precisamente de parcelas de activos descontentes con la forma con que los gobiernos conducen políticas públicas y, así, dan forma al mundo. Sé que es una afirmación fuerte, pero no puedo dejar de pensar en las varias similitudes, mientras me quede satisfecho en observar que la distinción de métodos es fundamental para identificar uno y otro.

Hace mucho tiempo, la sociedad y el Derecho se baten para conceptualizar el terrorismo. Mucha tinta ya fue gasta escribiéndose sobre grupos conocidos como ‘freedom fighters’ y la legitimidad de la acción armada para obtener la liberación de un pueblo de una fuerza colonial o invasora. Este debate, sin duda, se amplió muchísimo después de los atentados de Nueva York, Madrid y Londres y sus conexiones con el mundo islámico. Este breve artículo y su autor no tienen la pretensión de llegar a cualquier definición, pero pienso que todos que actúan en el llamado ‘tercer sector’ deben tener en cuenta que las ONGs no están ajenas al problema del terrorismo, pues la misma fuerza motora que alimenta unos, alimenta al otro.

Las investigaciones después de los atentados de Nueva York, por ejemplo, han identificado que algunas organizaciones no gubernamentales fueron instrumentales en el apoyo logístico a individuos terroristas en su estada en los EEUU y que lograron captar recursos bajo el propósito de servir a huérfanos y viudas. De otra parte, la investigación policial y judicial de los atentados de Madrid sostiene que el propósito de los terroristas era, principalmente, lograr la retirada de las tropas de Irak, demanda común con muchas ONGs pacifistas.

Estoy convencido que las ONGs, tradicionalmente organizadas bajo las formas de asociaciones o fundaciones, tienen un papel importantísimo en el combate al terrorismo, pues ofrecen senderos pacíficos y eficaces para un mundo mejor. Alex Schmid (2005), por ejemplo, sostiene que el terrorismo puede ser abatido por acciones basadas en derechos humanos, principalmente en la buena gobernanza, democracia, estado de derecho y justicia social, pues ‘se la gobernanza es débil, la resistencia contra el gobierno corrupto logra apoyadores; si lideres impopulares no son remplazados por elecciones periódicas, los defensores de violencia política encuentran largas audiencias; si los gobernantes están arriba de las leyes y la usan como instrumento para perseguir sus oponentes, el Derecho pierde credibilidad y, por fin, si injusticias sociales severas continúan por mucho tiempo sin cualquier luz en el final del túnel, no debe causar sorpresa que personas desesperadas empiecen a matar y morir por lo que consideren una causa justa’.

De otra parte, tenemos que tener en mente que terroristas no piensan como criminosos comunes, pues no visan lucro material para sí. Organizaciones criminosas son empresas: visan lucro y no quieren confronto con el gobierno pues causa daños a la rentabilidad, donde resulta que prefieren la corrupción al enfrentamiento. Si una diferencia fundamental entre empresas y mafias es el respecto a la ley; una diferencia fundamental entre ONGs y organizaciones terroristas es el método pacifico.

Paz es el propósito de las Naciones Unidas, expreso en el artículo 1 de la Carta. Todavía, no se alcanza la Paz apenas pela eliminación de la guerra, pero por la cooperación en la solución de problemas de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión. Esta dimensión es bien conocida por nuestras fundaciones y asociaciones.

Es necesario que el sector fundacional y asociativo evalúe su papel en el combate al terrorismo, reafirmando su compromiso con la democracia, justicia social, buen gobierno y Estado de Derecho. Pienso que debe trabajar incesantemente estos cuatro pilares a favor de la Paz y del respeto a los derechos humanos, estableciendo nuevas formas de comunicación con los jóvenes, especialmente de culturas y religiones distintas de la dominante, que comúnmente se resienten porque se sienten invisibles e indeseados en las franjas de la sociedad.

La historia de Caín y Abel está en el libro de Génesis (4:1-16) de la Biblia y en el Talmud (Génesis Rabba). También es conocida como la historia de los dos hijos de Adam en el Corán (5:27). Los dos hermanos trabajaban y cumplían sus deberes para con el Señor, pero Abel murió por las manos de Caín, que estaba resentido con la poca atención que Dios había dado a su ofrenda, en comparación con la de Abel. Es una historia que merece reflexión. ¿Qué democracia nuestra sociedad da a todos sus ciudadanos?

Publicado en “el Periódico de las Fundaciones”, Madrid, Edición 61 (2013).